miércoles, 10 de diciembre de 2008

Ahora faltaban cuatro días para llegar nuevamente a la misma aldea. Estaba excitado y al mismo tiempo inseguro: tal vez la chica ya lo hubiera olvidado. Por allí pasaban muchos pastores para vender lana.
-No importa- Dijo el muchacho a sus ovejas-. Yo también conozco a otras chicas en otras ciudades.
Pero en el fondo de su corazón el sabía que sí importaba. Y que tanto los pastores, como los marineros, como los viajantes de comercio, siempre conocían una ciudad donde había alguien capaz de hacer que olvidaran la alegría de viajar libres por el mundo.

1 comentario:

Gabriel A. Félix dijo...

No me agrada la Pierina culturosa lectora, sobria que no expresa su setsualida..

pd: los marineros de tu historia eran GEYS