viernes, 12 de diciembre de 2008

El Levante

Pero el viento volvió a soplar. Era el levante, el viento que venía de Africa. No traía el olor del desierto, ni la amenaza de invasión de los moros. Por el contrario traía un perfume que él conocía bien, y el sonido de un beso que fué llegando despacio, despacio, hasta posarse en sus labios.
El muchacho sonrió. Era la primera vez que ella hacía esto.
-Ya voy, Fátima- dijo él.

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